Energías

Artículo de Alfredo Vara, aparecido en LA VOZ DE GALICIA, el 28 de enero del 2010.

Con los almacenes de residuos nucleares se ha montado otro lío de declaraciones políticas de corto alcance y soluciones de sálvese quién pueda o poco menos. Como de costumbre, se toma la parte del problema que resulta imprescindible resolver ahora, y del resto ya se verá o el que venga detrás, que busque las alternativas. Mientras haya un pequeño municipio dispuesto a albergar el polémico almacén para arreglar sus presupuestos y poner como señuelo los puestos de trabajo que el proyecto puede significar, se va tapando el agujero y a otra cosa.

Y seguirá sin abordarse en serio el problema principal. El de un país que importa más del 80% de los productos energéticos que consume, con elevadas tasas de emisión de gases, menos producción de energía solar que lugares con tantas horas de sol como Suecia, pero que presume de su nivel tecnológico en renovables, y no acaba de aclarar cuál es su modelo de futuro, porque nadie parece dispuesto a coger el toro por los cuernos y decidir si es viable, a corto y medio plazo, un sistema productivo que no tenga en cuenta la energía nuclear. El riesgo a cientos de años vista que suponen los residuos sigue pesando como una losa, por mucho que las empresas del sector garanticen altos niveles de seguridad y subrayen que también en esta materia nos ganan lugares medioambientalmente avanzados como Suecia, a cuyos reactores se debe el 42% de su producción eléctrica total frente a nuestro 18,3.
Con la espada de Damocles de la subida de precios que los expertos auguran para este sector por el aumento de la demanda en los países emergentes, correremos el riesgo de llegar tarde, una vez más, si no se aborda con rigor un plan que potencie, por supuesto, las energías renovables, tanto en instalación como en desarrollo tecnológico, y decida con claridad con qué hay que llenar el resto de la cesta. Antes de que llegue el apagón.

UN ADVERBIO SE LE OCURRE A CUALQUIERA

Artículo de Juan José Millás. Premio Don Quilote de Periodismo 2010.

Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.
Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le reglaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…
El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.
La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.

De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.

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UNA TUMBA EN DINAMARCA

Artículo de ARTURO PÉREZ-REVERTE, aparecido el 17 de enero del 2010 en EL SEMANAL.
Desde hace doscientos dos años, en un lugar perdido de la costa
danesa frente a la isla de Fionia, donde siempre llueve y hace frío, hay una tumba solitaria. Tiene una cruz y dos sables cruzados sobre una lápida, y está pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia. De vez en cuando aparece encima un ramo de flores; y a veces ese ramo lleva una cinta roja y amarilla. Esto puede llamar, tal vez, la atención de quien pase por allí sin conocer la historia del hombre que yace en esa tumba. Por eso quiero contársela hoy a ustedes.
Se llamaba Antonio Costa, y en 1808 era capitán del 5.º escuadrón del regimiento del Algarbe: uno de los 15.000 soldados de la división del marqués de la Romana enviados a Dinamarca cuando España todavía era aliada de Napoleón. Después del combate de Stralsund, la división había pasado el invierno dispersa por la costa de Jutlandia y las islas del Báltico. Al llegar noticias de la sublevación del 2 de Mayo y el comienzo de la insurrección contra los franceses, jefes y tropa emprendieron una de las más espectaculares evasiones de la Historia. Tras comunicar en secreto con buques ingleses para que los trajesen a España, los regimientos se pusieron en marcha eludiendo la vigilancia de franceses y daneses. Por caminos secundarios, marchando de noche y de isla en isla, acudieron a los puntos de concentración establecidos para el embarque final. Unos lo consiguieron, y otros no. Algunos fueron apresados por el camino. Otros, como los jinetes del regimiento de Almansa, recibieron en Nyborg la orden de sacrificar sus caballos, que no podían llevar consigo; pero se negaron a ello, les quitaron las sillas y los dejaron sueltos: medio millar de animales galopando libres por las playas. En Taasing, viéndose perseguidos por los franceses y cortado el paso por un brazo de mar que los separaba de la isla donde debían embarcar, algunos del regimiento de caballería de Villaviciosa cruzaron a nado, agarrados a las sillas y crines de sus caballos. De ese modo, cada uno como pudo, aquellos soldados perdidos en tierra enemiga fueron llegando a Langeland, y 9.190 hombres –sólo unos pocos menos que los Diez Mil de Jenofonte– alcanzaron los buques ingleses que los condujeron a España; donde, tras un azaroso viaje, se unieron a la lucha contra los gabachos.
Como dije antes, no todos pudieron salvarse: 5.175 de ellos quedaron atrás, en manos de los franceses. Algunos terminarían alistados forzosos en el ejército imperial, en la terrible campaña de Rusia –a ellos dediqué hace diecisiete años la novelita La sombra del águila–. Otros se pudrieron en campos de prisioneros, o quedaron para siempre bajo tres palmos de tierra danesa. El capitán Antonio Costa fue uno de ésos. A causa de la indecisión de sus jefes, el regimiento de caballería del Algarbe perdió un tiempo precioso en emprender su fuga hacia la isla de Fionia, donde debían embarcar. Por fin, cuando Costa, un humilde y duro capitán, tomó el mando por propia iniciativa, desobedeció a sus superiores y se llevó a los soldados con él, ya era demasiado tarde. En la misma playa, casi a punto de conseguirlo, el regimiento fugitivo vio bloqueado el paso por el ejército francés, con los daneses cortando la retirada. Furioso, el mariscal Bernadotte exigió la rendición incondicional, manifestando su intención de fusilar a los oficiales y diezmar a la tropa. Entonces el capitán Costa avanzó a caballo hasta los franceses y se declaró único responsable de todo, pidiendo respeto para sus soldados. Luego, no queriendo entregar la espada ni dar lugar a sospechas de que había engañado o vendido al regimiento llevándolo a una trampa, se volvió hacia sus hombres, gritó «¡Recuerdos a España de Antonio Costa!» y se pegó un tiro en la cabeza.

Así que ya lo saben. Ésta es la historia de esa lápida pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia, Dinamarca. La tumba solitaria de uno que quiso volver y pelear por su patria y su gente. Reconozco que eso no suena políticamente correcto, claro: pelear. Esa palabra chirría. Tan fascista. Nuestra ministra de Defensa habría criticado, supongo, la intransigencia dialogante del tal Costa –maneras autoritarias y poco buen rollito, misión que no era estrictamente de paz, gatillo fácil–; y monseñor Rouco, nuestro simpático pastor de ovejas, su falta de respeto a la vida humana, empezando por la propia, incluido un serio debate sobre si, como suicida, tenía derecho a yacer en tierra consagrada, o no lo tenía –igual hasta era partidario del aborto, el malandrín–. Lo mío es más simple: el capitán Costa me cae de puta madre. Su tumba solitaria me suscita un puntito de ternura melancólica. Ese cementerio lejano, frente a un mar gris y extranjero. Por eso hoy les cuento su vieja, olvidada historia. Por si alguna vez se dejan caer por allí, o están de paso por las islas del Norte y les apetece echar un vistazo. A lo mejor hasta tienen unas flores a mano.

¿Dónde está Dios?

26/01/2010 isetemv 1 Comentario

Artículo de PACO SÁNCHEZ. Aparecido en LA VOZ DE GALICIA. 23 de enero del 2010

Hace años, Pérez Reverte me contó una historia de guerra en cuya escena final se encontraba él con un niño muerto en los brazos preguntándose dónde estaba Dios. Ahora, con el terremoto de Haití, y siempre que la suerte golpea a miles de inocentes, surge la pregunta, «¿dónde está Dios?». Se trata de una reacción comprensible, aunque las más de las veces provenga de personas que no se acuerdan de Dios más que cuando les conviene presentarlo como sospechoso de tener poco aprecio a sus inocentes, demostración palpable, a su entender, de que en realidad no existe.

e olvidan de aquellas palabras del hombre más inocente de la historia, su propio hijo, que clavado en la cruz gritó: «¿Por qué me has abandonado?» Pero, sobre todo, se olvidan de hacer unas cuantas preguntas previas. Si es verdad que Dios hizo un mundo maravilloso y lo dejó en nuestras manos, los que inquieren dónde está Dios, deberían empezar por otros sospechosos. Por ejemplo, podrían haberse preguntado dónde estaba Francia y por qué un Haití riquísimo, tras un proceso descolonizador abusivo, apenas pudo levantar cabeza después, porque Francia les obligó a pagar unas indemnizaciones inmorales. Podrían preguntarse por qué los Duvalier abusaron inmoralmente de su pueblo, hasta límites inhumanos, con el consentimiento de las demás naciones de la tierra. O por qué el vudú se convirtió en un sistema de dominación por el terror de los pobres haitianos. Podríamos preguntarnos por qué la ONU se ha mostrado tan incapaz en estos años de fuerte presencia en Haití. Podríamos preguntarnos tantas cosas, que son responsabilidad moral nuestra, antes de acusar a Dios…

A eso se refería el obispo Munilla. Y por eso fue lapidado. Nadie quería saber que el mal realmente grave es nuestra inmoralidad. ¿Alguien se pregunta por qué Dios la permite?

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El buen hijo. Mariluz Ferreiro

Artículo aparecido el 13 de enero del 2010 en LA VOZ DE GALICIA.

Malamadre se llama. Pero es un buen hijo del cine. Uno de los personajes mejor paridos en los últimos años por el celuloide español. Habita en la cárcel de la película Celda 211 , la cinta con más nominaciones a los Goya. En un 2009 con cosecha de Almodóvar, Amenábar y Trueba, los académicos han decidido seguir el camino abierto por la crítica y por los espectadores, ese que empezó con una pequeña senda y se ha convertido en una avenida. Aire y dinero frescos para esta factoría de sueños atenazada por la pesadilla constante. Una receta sin experimentos que obligatoriamente tienen que beber en la calidad de los ingredientes: un puñado de actores enjaulados en sus álter ego y una buena historia adaptada con pulso y sin temor a barajar las cartas del llamado cine de género. Protagonistas y secundarios que navegan entre la luz y la oscuridad, sometidos a los bandazos de la historia. Intérpretes gallegos presos de su papel. Códigos de honor que rigen esos mundos grises y paralelos en los que hace mucho tiempo que el patio no es de colegio. Normas no escritas que a sangre entran. Sin ese maniqueísmo propio de tantas obras del, por otra parte, grandísimo cine americano.

Hay vida entre esos nudos de dos cuerdas que a veces aprietan hasta la asfixia al cine español. Torrente versus La soledad . Almodóvar frente a Amenábar. Taquilla o talento. Quizás, tras las nominaciones de los Goya, Almodóvar se crea víctima de la enésima persecución de sus colegas patrios. Mártir de todas las envidias. Lejos tienden alfombras rojas a los pies del autor de los Abrazos rotos . Al que alcanza la categoría de emperador intelectual es complicado decirle que va desnudo o que su último vestido, a pesar de sus destellos, no es el mejor. Sobre todo si rueda con la última Cleopatra. Por eso es injusto que Almodóvar se sienta de-Goya-do . Y por una celda en la que, sin sol, florece el buen hijo.