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Archivo para la Categoría "Noticias"

Las nuevas tecnologías de la sociedad de la información incrementan la jornada y la presión laboral

Pedro Costa Morata *.

Entre los mitos –numerosos, descarados– que la sociedad de la información (SI) nos hace asumir destaca uno especialmente frustrante: el que mantiene aquellas miríficas promesas que se nos hacía en los años de 1960 y 70 para el Año 2000: que debido precisamente al benéfico efecto de la tecnologización creciente de la sociedad el futuro nos llevaría a una neta reducción de la jornada de trabajo y al aumento del tiempo libre y el ocio. El tiempo, sin embargo, nos ha traído una realidad caracterizada por todo lo contrario por lo que éste es uno de los aspectos más hirientes que presenta la SI.
El mito persiste porque renunciamos al análisis y a reconocer que el impulso económico que genera esas técnicas busca en primer lugar (y no pocas veces, en exclusiva) la explotación intensiva del empleo humano inevitable. Así, con la expansión de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) desde la década de 1980 hemos ido asistiendo al continuo aumento de la carga de trabajo y actualmente “descubrimos” que en las sociedades informatizadas el incremento de la jornada de trabajo es un hecho (legal o no). Con una novedad adicional, directamente relacionada con la intermediación de las TIC: que la disponibilidad del trabajador ante su empresa o empleador tiende a ser de 24 horas por día, lo que viene facilitado por el despliegue incesante de eficaces aparatos cuyo empleo generalizado (y tantas veces obligado) facilita la conexión/sumisión: el teléfono móvil, el ordenador portátil, el correo electrónico…
Todavía hay que describir otro paso más en el recargo de trabajo, cuya novedad principal es que cuenta con una cierta voluntad de autoexplotación por parte del ciudadano (sea o no trabajador). Esto sucede cuando asumimos la realización de tareas –informáticas– que hasta ahora se inscribían en el proceso productivo, digamos, especializado, y que ahora las TIC –y ciertos señuelos que nos despistan con eso del ahorro de tiempo o de dinero– facilitan bajo el estímulo, siempre al acecho, de la dinámica empresarial. Es lo que sucede cuando adquirimos por Internet un billete de avión u operamos en línea con nuestro banco, y lo que irá sucediendo según se generalice la e-administración, el e-comercio, el llamado proceso interactivo en el enseñar-aprender… Se trata de una autoexplotación que nos absorbe crecientemente e incluso nos cautiva, añadiéndonos trabajo “voluntario”, pero que incrementa instantáneamente las ganancias empresariales; éstas se relacionan ante todo con el ahorro de trabajo empleado así que actuando de esta forma no sólo realizamos un trabajo no remunerado sino que al mismo tiempo inducimos desempleo en la cadena productiva: y todo ello envuelto en la euforia que producen las maravillas de las TIC.

(*) Pedro Costa Morata es profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Autor de Electromagnetismo: silencioso, ubicuo, inquietante (1996). Premio Nacional de Medio Ambiente.

EL VELO

Artículo aparecido en el periódico El País el 7 de julio del 2009.
ROSA MONTERO.

Llevo tiempo dándole vueltas al tema del velo islámico, porque los articulistas somos un poco como agricultores de ideas, esto es, nos plantamos asuntos en la cabeza y los dejamos madurar, a ver si algún día echan flores. En realidad lo de si Europa debe permitir que las niñas musulmanas lleven velo o no es una cuestión esencial, porque define justamente cuál es el tipo de sociedad en el que queremos vivir. Nuestro futuro será indudablemente mestizo, pero hay maneras muy distintas de serlo.
Los franceses, con ese laicismo que tanto les envidio, han prohibido no ya el velo, sino incluso el pañuelo en los colegios. Una se siente tentada a respaldar la medida por su aroma seglar y feminista, pero las cosas no son tan simples. El sábado salió en EL PAÍS una entrevista con Özdemir, una belga de 26 años y ascendencia turca que acaba de entrar en el Parlamento regional y que ha organizado cierto escándalo al jurar su escaño llevando el pañuelo islámico en la cabeza. Y no sólo el pañuelo: usa manga larga y falda hasta los pies. Venía una foto en el diario y estaba preciosa, aunque seguramente un poco recocida para el verano. Pero, ¿qué diferencia hay entre eso y las tocas de las monjas? Özdemir parece una chica moderna y razonable. Por ejemplo, está en contra de cubrir el rostro, y ésa es una frontera decisiva. No confundamos el velo con el pañuelo: creo que la UE jamás debería permitir los burkas, que marginan y borran a la mujer. Pero el chal en torno a la cabeza, ¿por qué no? Hay que conseguir aunar la defensa cerrada de los derechos democráticos con la admisión de aquellas costumbres que, en realidad, no coartan esos derechos. La frontera del mestizaje pasa por un ejercicio constante de sensatez. O lo que es lo mismo: hay que seguir pensando en estos temas y dirimiendo los casos de uno en uno.

‘INVISIBLE’, de Paul Auster. 1 de diciembre del 2009

Aunque él dice que “no es para nada autobiográfica“, la próxima novela de Paul Auster arranca en 1967 en Nueva York, y su protagonista es Adam Walker, un joven aspirante a escritor, estudiante de la Universidad de Columbia. Cualquier semejanza con Paul Auster, entonces, sería pura coincidencia.

En 1967, Adam Walker es un joven poeta ávido de vida y literatura, con mucho más futuro que pasado. Estudia en la Universidad de Columbia, se opone a la guerra de Vietnam y, además, –esto lo dicen quienes lo conocen, porque él no parece darse cuenta– es guapísimo. Una noche, en una fiesta de estudiantes, conoce a una pareja de franceses muy sofisticados, muy seductores. Lo primero que le llama la atención a Adam es el nombre de él, Rudolf Born, como en Bertrand de Born, el poeta provenzal que en uno de los cantos de Dante lleva su propia cabeza cortada en las manos. Tras varios días de ambigua seducción en los que la pareja va tejiendo su invisible tela de araña en torno al hermoso e inocente americano, Rudolf Born, que está en Columbia como profesor invitado en la School of International Affairs, le ofrece a Adam la dirección de una revista literaria que él financiará.

DE LA CÁTEDRA AL ‘BEST SELLER’

EL PAÍS. JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid – 07/05/2009.

Profesores universitarios convertidos en narradores de ficción impulsan en España un género superventas – Historiadores y literatos debaten en Valladolid.

Uno de los grandes clásicos de la historia universal de la perplejidad es Preguntas de un obrero lector, el poema de Bertolt Brecht que plantea dudas como éstas: “Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó? En los libros figuran los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra? (…) Una victoria en cada página. Un gran hombre cada diez años. ¿Quién paga sus gastos?”.
A ese tipo de preguntas trata de responder la novela histórica, un género que tapa con la argamasa de la ficción los huecos que deja la historiografía y que vive un momento de auge entre los escritores españoles. Es cierto que el éxito de El nombre de la rosa, publicada en 1980, dio el empujón definitivo a un género que, más allá de Walter Scott, contaba ya con hitos como Yo, Claudio, Ben-Hur o Memorias de Adriano. Durante dos décadas fue, sin embargo, un éxito de importación. Y eso a pesar del precedente de los Episodios Nacionales de Galdós y al reconocimiento popular de un francotirador como Arturo Pérez-Reverte, que publicó en 1986 su primera novela, El húsar, ambientada en la Guerra de la Independencia. Ese mismo año Terenci Moix ganaba el Planeta con No digas que fue un sueño, una recreación de los amores entre Marco Antonio y Cleopatra.

Conocer el pasado
¿Qué ha pasado para que los lectores españoles se hayan puesto a leer a sus paisanos? Básicamente, que los historiadores profesionales han empezado a cultivar la novela histórica. El gran pionero es José Luis Corral, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, que en 1996 debutó en la ficción con El salón dorado. Cuatro años más tarde se convirtió en un best seller con El Cid, que lleva vendidos cerca de 600.000 ejemplares. Para Corral, que acaba de publicar El Rey Felón (en Edhasa, como los anteriores), una ficción en torno a José Bonaparte, el fenómeno se explica por dos razones muy relacionadas: el creciente interés de los lectores en la historia de España y la falta de tradición divulgadora entre los profesores españoles. “Durante años”, recuerda Corral, “los historiadores y los autores de novela histórica se ignoraban o se despreciaban”. Unos no se preocupaban por el estilo. Los otros no se preocupaban por el rigor de los datos. “Pero el público quería conocer el pasado, y como los historiadores no se esforzaban en ser accesibles, los novelistas ocuparon su lugar. Pero, ojo, las novelas históricas hay que juzgarlas como ficción, no como libros de historia”.

Hoy la cosa ha cambiado. No faltan divulgadores y muchos novelistas presentan entre sus credenciales una labor académica paralela. Es el caso de Corral y de autores como Pedro García Martín, Alfonso Mateo Sagasta, Enrique Gavilán, Santiago Postiguillo o Luis García Jambrina. Todos participarán desde hoy hasta el domingo en el I Encuentro Internacional sobre Novela Histórica que se celebrará durante la Feria del Libro de Valladolid.

El director del encuentro es el helenista Carlos García Gual, autor de Apología de la novela histórica (Península) y participante en el volumen colectivo Cinco miradas sobre la novela histórica (Evohé). García Gual destaca el carácter híbrido del género, que a lo histórico suma la aventura y la investigación detectivesca, pero lo distingue de lo que él llama “novela de misterio seudohistórica” que usa la historia como telón de fondo para dar prestigio a tramas de templarios, sábanas santas y últimas cenas. También subraya esa distinción Daniel Fernández, director de Edhasa, que en 1976 se convirtió en la primera editorial en lengua castellana en dedicar una colección a la novela histórica, que no es lo mismo, dice, que “el best seller esotérico”.

Junto al rigor académico de los nuevos autores, Fernández apunta para explicar el boom actual: “En España hay que establecer por ley la memoria histórica porque no lo consigue por tradición. Además, ahora que la historia casi ha desaparecido de los planes de estudio parece que interesa al público. Cada año vendemos una edición de España, un enigma histórico, de Sánchez Albornoz, que es historia pura y dura”. A ese interés se han sumado literatos puros que han contribuido a un género hasta hoy mejor tratado por los lectores que por la crítica. Ahí están Miguel Delibes, con El hereje, y autores como Francisco Casavella, Soledad Puértolas, Carme Riera, Paloma Díaz-Mas, Álvaro Pombo o Antonio Orejudo.

La tormenta histórica se prolongará todo el año. Por el lado superventas, Ildefonso Falcones publicará en junio La mano de Fátima (Plaza & Janés), coincidiendo con el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos. Antes habrá llegado a las librerías El viajero del siglo (Alfaguara), situada por Andrés Neuman a principios del siglo XIX. Aunque tradicionalmente la novela histórica se movía entre la prehistoria y Napoleón, García Gual apunta un criterio para integrar los títulos que, crecientemente, pisan los umbrales del siglo XX: “Que no haya testigos”. El gran filón de la Guerra Civil espera su turno.

Cuando Europa no comía patatas

El paso de muchos autores de la cátedra a la lista de libros más vendidos no es la panacea, pero sí una garantía mayor contra uno de los males de la novela histórica: el anacronismo. Es difícil que un medievalista coloque a un personaje comiendo patatas, que proceden de América, en el siglo XII, como hace Ken Follet en Los pilares de la Tierra. Eso sí, al puntilloso Flaubert se le colaron unas chumberas, también americanas, en Salambó, su novela africana sobre los tiempos de Aníbal. Los novelistas, no obstante, cada vez recurren menos a la descripción. “Es la influencia del cine”, apunta García Gual con Ágora, de Alejandro Amenábar, en puertas.

Para José Luis Corral, no obstante, peor que los gazapos inconscientes es la manipulación consciente de la historia, “algo en lo que han caído tanto los españolistas como los nacionalistas periféricos”. Tanto él como Sagasta o García Martín subrayan, con todo, que la historia no es una ciencia pura. “Las interpretaciones cambian”, dice Corral. “Lo que en los años cincuenta era ‘descubrimiento y evangelización’ de América, en 1992 fue encuentro entre dos mundos. Y la ‘reconquista’ cristiana de los años setenta es, desde los noventa, ‘ocupación social del espacio”. Todos insisten en pedir un juicio estético para la literatura y un filtro para los documentos con los que se escriben los libros de historia. Como dice el propio Corral, “¿qué pasaría si alguien escribiera sobre el valor de los pisos en la España de hoy consultando sólo los documentos notariales?”.

¿QUE PASARÁ CON LAS DESCARGAS DE LIBROS EN LA RED?

Artículo interesante de Carlos Herrera, publicado en el XLSEMANAL del día 26 de abril del 2009:

Entendemos que el autor de una pieza gane dinero en función del número de copias que se vendan. Si el impacto es considerable, deberá repercutirle más beneficio que a otro que haya confeccionado una obra que le haya gustado a cuatro gatos. Cuando García Márquez escribió Cien años de soledad, no sabía si iba a ser un petardo o un superventas: sería injusto que hubiese cobrado un precio cerrado independiente del resultado comercial. Si ha vendido millones de ejemplares, parece razonable que gane dinero en justa proporción. Los autores de libros razonan acerca de la gratuidad de sus obras y alegan que las bibliotecas públicas permiten que cualquiera lea sus trabajos y no pague ni un euro por ello: con un solo ejemplar se puede contentar a un barrio entero, que, por supuesto, ya no tendrá que comprar el libro.
La polémica no es sencilla de resolver. Una biblioteca acerca la cultura a aquellos que tienen menos posibilidades de individualizar un libro. Es impecable el argumento social: divulgar la cultura impresa y poner a disposición de todos los ciudadanos aquellos títulos que han suscitado debate creativo en la sociedad moderna, actual o anterior. Pero… ¿tienen derecho los escritores a pensar que cada lector que los lee en una biblioteca pública es un dinero que dejan de ingresar merced al tanto por cierto que se esfuma por la no venta de ejemplares? Alguno de ellos sostiene que el propietario de la red de bibliotecas, el Estado, debería compensarlo por ello, bien a través de una cantidad fija o bien a través de un pequeño impuesto simbólico que debería pagar cada lector. Usted lee una obra de Javier Cercas o de Use Lahoz –me ha gustado sobremanera la novela Los Baldrich, retrato progresivo de Barcelona a través de una familia industrial y descompuesta–, paga veinte céntimos y reintegra el libro. Sobreviene, evidentemente, una pregunta: ¿paga lo mismo en el caso de que no le haya gustado nada y lo haya devuelto al poco tiempo? Pero sigo: ¿hay que pagar igual por leer un libro en casa que en la mesa del local público? ¿Debe costar lo mismo un ejemplar nuevo que uno gastado?
En sentido contrario argumentan muchos usuarios lectores: un arquitecto no cobra por cada vez que entras en su edificio y un escritor al que se le divulga su novela o su ensayo en una sala pública de lectura obtiene una notoriedad que le resulta altamente rentable para su próximo contrato. Ambos son, a su vez, rebatibles: un arquitecto entrega una obra que no devenga beneficios en función de las copias que venda –el edificio es uno para siempre– y un escritor puede desaparecer al poco de haber publicado un éxito sin obtener beneficio retrasado en una nueva obra y sin que ello, además, le reporte a sus herederos provecho alguno. Un lío.
Los autores de libros no son los de canciones. Los segundos son literalmente masacrados por copias privadas que en el caso de los escritores no suponen grandes pérdidas por el simple hecho de que es más caro fotocopiar un libro que comprarse uno nuevo. Pero antes o después llegará a generalizarse el uso de los libros electrónicos, que permiten almacenar en una pantalla semejante a un libro normal y corriente –y mucho más delgada– un número indeterminado de títulos. Ya existe, pero no es el iPod, evidentemente. Muchas páginas de Internet permiten bajarse títulos de todo tipo, mayoritariamente de derechos ya extinguidos, pero también de los otros, de los de máxima actualidad.
El debate permanente que se vive con la música en la Red podrá trasladarse a los autores intelectuales de obras de referencia. Calibraremos entonces el poder de ellos como colectivo. Veremos si se podrá poner puertas al campo, como pretenden algunas autoridades, o si, por fin, podrá llegarse a algún tipo de solución imaginativa. Que a mí, dicho sea de paso, ni siquiera se me ocurre.

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